Chicureo, la cultura intangible

No sólo comer un curanto: aprender a hacerlo. Eso forma parte de la “cultura intangible”, aunque se nos dirá que no puede haber nada más tangible para nuestros nervios olfativos y papilas gustativas. Es verdad. Pero desde su propio nombre la “cultura intangible” es equívoca. Puede entenderse de muchas maneras. Intangible es lo que no podemos o no debemos tocar; pero una de las formas más atractivas de la tan de moda cultura intangible es justamente que el turista pueda meter las manos, que aprenda a hacer algo de lo nuestro. Entonces, olvidémonos de las definiciones. Lo concreto es que un turista cultural gasta más que un turista común, y debemos encontrar nuevas formas de atraerlo. No seguir pegados en las playas y los museos convencionales. ¿Con qué sorprenderlo?” El visitante “cultural” quiere vivir toda la cultura de un país. Como trabajar un día con bueyes en un arrozal de Tailandia. En el inquietante Río de Janeiro se lleva a los más curiosos en un tour por sus poblaciones callampas, sus favelas. Valparaíso lo empieza a hacer con sus Carnavales Culturales y protegiendo a sus clásicos organilleros, después que la mayoría de sus organillos fue vendida a coleccionistas entre los años 70 y 80. La catalana Tarragona ha logrado que la población participe activamente en su Semana Romana, y no se conforme con mirar pasivamente el tránsito de los turistas. ¿Negamos la importancia de tener un museo innovador? No. Encontraremos en la Selva Negra el Centro de Arte y Media más importante de la alta tecnología (Karlsruhe), y es fácil recordar el fenómeno de Bilbao, en el “basque country”, que vuela gracias a las alas de titanio de su moderno Museo Guggenheim.
Pero, ¿algo de Santiago se han ganado el derecho a ser objeto de tours culturales “intangibles”? De más. Por ejemplo, un recorrido por los café-con-piernas, incluyendo hasta los con menos ropa, aunque por mucha audacia que tengan, no superarán al muy visitado Barrio Rojo de Ámsterdam. Otro: un tour por picadas como Los Canallas, San Diego 379B, fiesta de perniles en una gruta de papel; El Rey del Pescado Frito, en Bandera 848; la chichería Wonderbar, de General Mackenna 1165, y la La Piojera, de Ayllavilú 1030, en la frontera de Chuchunco. Otra rara joya nacional es una costumbre de los chilenos del primer escalafón: abandonan rápida e inexplicablemente sus barrios, para ir en busca de escondites cada vez más arriba, o más lejos. Un tour debería partir por las casonas del Santiago antiguo, como el llamado Palacio Íñiguez (Foto. Santiago Adicto); por las calles República, Ejército y la Alameda; siguiendo por las casonas no demolidas de Providencia, Gertrudis Echenique y El Golf, para culminar en ese inclasificable urbanismo de La Dehesa y Chicureo. Son todos fenómenos culturales intangibles. O, al menos, tan decidores como una conferencia sobre el carácter chileno. Antes de exhibirlos, claro, deberíamos aprender a no mentirnos a nosotros mismos, lo que es parte desechable de nuestra cultura intangible.