Capadocia, Turquía
El valle de las maravillas
Acaban de descubrir una ciudad subterránea de cinco mil años en Capadocia. Bajamos cuatro pisos a otro refugio hitita, y sentimos en carne propia el rigor de vivir como gnomos. Estos refugios se suman a las “chimeneas de hadas”, a las cuevas de los primeros cristianos, a las miles de familias que aquí siguen viviendo en cavernas, y a los turistas forrados en dólares que pagan caro para dormir como trogloditas.Volamos en globo sobre Capadocia: fue un viaje a la fantasía y al tiritón.
TEXTO Y FOTOS: Luis Alberto Ganderats, DESDE ANATOLIA.Nadie sabe cuándo comenzaron estas ciudades subterráneas. Ya existían en el remoto tiempo de los hititas y de los frigios. Fátima, nuestra acompañante turca, llega más lejos. Ella cree que los primeros que se ocultaron bajo tierra fueron los hombres de la última glaciación. Con herramientas muy simples podían cavar la frágil toba. Aunque debían hacerlo sin pausa, pues este material se endurece al tomar contacto con el aire.
En época más cercana a nosotros, el hombre seguramente inventó primero las despensas subterráneas, porque el clima local oscila entre el invierno y el infierno, y bajo tierra siempre es primavera. De esa despensa, los habitantes pasarían luego a construir refugios sólo para enfrentar calor o frío. Pero siglos más tarde, alguien dio un paso más: propuso esconderse y no seguir huyendo cada vez que veían acercarse invasores o asaltantes. Así nacieron los refugios subterráneos secretos. Centinelas, usando señales hechas con espejos de obsidiana, alertaban sobre la proximidad de una amenaza, y la población desaparecía bajo tierra.
Sabían los primeros cristianos que este era un buen lugar donde vivir y desaparecer. Por eso, san Pablo los condujo hasta aquí para librarse de los romanos, y lo habitaron más de mil años, usando cuevas y refugios bajo tierra. Un día se fueron, y con el paso de los siglos, las ciudades subterráneas pasaron del desuso al olvido. Sólo ayer, en 1963, cuando el Hombre ya construía naves para viajar al Espacio, pensando en buscar refugios subterráneos en la Luna, aquí en Capadocia, al botar muros de su casa, un vecino encontró el camino a la primera de las ciudades olvidadas.
Así se ha refrescado la milenaria historia de los refugios de Capadocia. En medio siglo, millones de turistas llegaron a recorrerlos. Hoy se visitan cuatro o cinco, pero son centenares los ya localizads, y en los últimos meses el tema tiene de cabeza a los arqueólogos. La ciudad subterránea más vieja y más grande de Capadocia –5 mil años– se acaba de descubrir en Nevsehir, la capital provincial.
Fue lo primero que intentamos conocer al inicio de nuestros recorrido por este valle de las maravillas. Sólo logramos acercarnos a la boca de un socavón, y a través de rústicas vallas de madera observar, con lentes de acercamiento, sus primeros vericuetos, mal iluminados. En el 2016 se abriría al turismo.
“Tendrán que esperar un poco”, dice Fátima, sin lograr consolarnos. “Yo les estoy dando un buen pretexto para volver”, bromeó. Pero nadie necesita pretextos para regresar a unos de los lugares que más nos turban en Asia Menor, porque lo han transitado –remeciendo el suelo–, casi todos los grandes conquistadores y saqueadores de la historia.
Fátima opta por traernos a otra ciudad subterránea. Estamos en Kaymakli, obra de los Hititas (dicen), cuyo poderoso imperio incluso amenazó a los egipcios. Fue la ciudad subterránea más grande de Capadocia hasta que en los días del último Año Nuevo ocurriera el hallazgo de Nehsehir. Kaymakli tiene muchos niveles de profundidad.
–Pero sólo llegaremos hasta el cuarto–, nos anuncia Fátima.
–Menos mal-, murmuramos, sin abrir la boca.
Media docena de cabezazos en la roca nos hemos dado en 30 minutos de recorrido. Se pasa de un lugar a otro por túneles para pigmeos. Caminamos como jorobados, sabiendo muy bien dónde está el piso, pero sin tener ninguna claridad sobre dónde nos acecha el próximo chichón o el corte en la nuca.
PARA CERRAR LOS OJOS
Conforma saber que quienes vivieron aquí estaban obligados a permanecer por todo el tiempo que durara una emergencia. “Defensa pasiva de desaparición”, diría Jadue. Nosotros, en cambio, volveremos pronto a la superficie, y seguiremos, en defensa activa, disfrutando de la Capadocia al aire libre.
Excepcionales debieron ser estos seres capaces de pasar largas temporadas como termitas en cuevas rústicas, excavadas al estilo de viejo túnel minero. Aquí los hombres dormían y morían, rezaban a sus dioses en templos mínimos; aquí socorrían a sus hijos; aquí respiraban apenas a través de minúsculas chimeneas de aireación. Para impedir que los invasores envenenaran el agua de sus pozos, cavaban pozos falsos. (¡Más discurre un sediento que cien letrados!).
Durante meses no veían el sol. Apenas divisaban la luz. Todas las casas principales del pueblo tenían acceso a refugios privados, muchos de ellos en red. De noche, protegido por las tinieblas, alguien les hacía llegar granos y frutas a través de profundos respiraderos, cuyas bocas en la superficie eran disimuladas. Estos recintos no pueden considerarse ciudades, sino refugios temporales, para días o meses, y servir a dos o tres mil personas, más algunos animales domésticos.
Refugios bien pensados, claro, pero nunca libres del error humano. Por eso, los combates a veces seguían bajo tierra, y estaban previstas las defensas. No era fácil al invasor avanzar entre los túneles. Vemos muchas gruesas piedras cilíndricas del tamaño de ruedas de carreta, que al ser deslizadas como puertas de corredera sellaban completamente los pasadizos, desde adentro. Y si esta protección fallaba, los enemigos debían pasar, uno a uno, por estrechos túneles con agujeros ocultos, desde los cuales surgían de improviso flechas envenenadas, y caían desde lo alto chorros de aceite hirviendo o el putrefacto contenido de las letrinas.
Por eso, hoy, el visitante de Capadocia no encuentra aquí su mayor deleite. Lo descubre más arriba de la tierra, volando en globos aerostáticos. Todos los amaneceres son de fantasía: un centenar de globos tripulados, enormes y coloridos, recorren el cielo. Parecen enormes luciérnagas multicolores colgando de las nubes.
Hemos pasado noventa minutos sobre el lomo de una de ellas. Sentíamos a ratos el inexplicable placer del riesgo, y también la alegría de haber hecho realidad un postergado sueño: ver a Capadocia desde donde lo hacen las águilas. Pero todo tiene su precio, y aquí ese precio se llama riesgo. Sabíamos que nos esperaban imágenes de cuentos, como para refregarse los ojos.
Sabíamos también que hace dos o tres años murieron aquí tres turistas brasileñas al chocar dos globos. Y hace más tiempo, 17 turistas fallecieron al explotar otro en el aire.
Para cerrar los ojos.
Nadie tiene la seguridad absoluta, aunque cada día son más raros los accidentes en Capadocia. Pero todavía existen operadores que –para ganar más– prolongan los vuelos hasta una hora de la mañana en que sube la temperatura ambiente, y se hace más difícil controlar la parte final del aterrizaje. Los globos suelen tocar tierra en sitios no acondicionados, y los pasajeros reciben sólo vagas explicaciones. El visitante debe saber que el vuelo más seguro es de una hora (no de hora y media), y que se inicia muy cerca del amanecer.
TERMITERO DEL PRINCIPITO
Ninguna temor o incertidumbre impide saborear Capadocia desde la altura. Es el mejor lugar para entenderla, para desentrañar este enredo geográfico único después de haber recorrido sus pueblos durante algunos días. Vemos mejor y sabemos dónde se encuentran los altos peñascos perforados, que son domicilio cavernario de miles de personas y de cientos de templos. Apreciamos las suavísimas colinas de Los Palomares, hechas de ceniza compactada, y que parecen tallas en marfil. Vemos de cerca barrancos de los que brotan caseríos desde las piedras. En algún lugar surgen raras formaciones de la roca blanda: pareciera que un colosal estegosaurio echara una siesta entre los cerros dejando ver las enormes placas filudas de su lomo.
Hemos entendido mejor las distancias entre pueblos y lugares de nombres sonoros, como Avanos, Ürgup, Ortahisar, Pasabag, Devrent, Uchisar, Acksaray, Nevsehir… Y el más notable, Göreme, cuyas enormes rocas volcánicas están perforadas por cuevas que ocultan la mayor densidad de iglesias y capillas, donde los frescos bizantinos han dejado huellas para siempre.
No hace falta decir que esta belleza extraña viene del centro de la Tierra. Fue expulsada por cráteres que han estado en actividad por millones de años. Bastaron lluvias, vientos y ríos para carcomer la frágil toba, fina ceniza que se compactó en contacto con el aire. La capa de fina ceniza hecha piedra suele alcanzar los 200 metros de grosor en muchos kilómetros cuadrados.
Distinto ha sido el proceso de otro elemento expulsado de los cráteres: la lava. Se convirtió en piedra muy dura, en basalto, capaz de defenderse de la erosión, y también de proteger a la blanda ceniza depositada alrededor de miles de conos volcánicos. Todavía el basalto permanece como boina o paraguas encaramado en las altas columnas. Forman lo que hoy encanta en el paisaje de Capadocia: las chimeneas de hadas, llamadas así porque el trozo de basalto que remata la columna se parece a la clásica caperuza de las chimeneas, que ayuda a detener las corrientes descendentes. Bajo estos sombreros de basalto, por miles de años, los hombres han perforado la toba para vivir, para meditar, para instalar templos o ejercer el oficio humano más intrigante, el de ermitaño.
Tres millones de años de erosión las ha ido adelgazando, hasta convertirlas en cilindros irregulares, descarnados, de apariencia frágil. Estas chimeneas de hadas abundan en Pasabag, y otras columnas inclasificables forman el llamado Valle de la Imaginación, en Devrent, donde toda forma es posible.
Como la erosión sigue su curso, cada cierto tiempo el peso de la caperuza de basalto destruye irremediablemente una columna de toba. ¡Que nadie se alarme! Existe una infinidad de chimeneas que hoy se hallan en proceso de formación. Las hadas dispondrán aquí de habitaciones tibias por unos cuantos millones de años. Y hasta los empresarios turcos seguirán disfrutando de sus propios feudos. Grandes industriales no se molestan en arrendar bodegas: perforan los cerros de toba, las llenan de mercadería, instalan puertas metálicas con robustos candados y se van a dormir tranquilos. Hemos visto cientos de bodegas en nuestros recorridos. Al meter la nariz por alguna rendija, sólo observamos tinieblas. Fátima nos dice que se parecen a la residencia de la perversa hada madrina de Muy-Muy-Lejano, la adversaria de Shrek.
Sorprendente y cambiante, el espectáculo que ofrece el vuelo en globo nos ha hecho olvidar los temores que teníamos al iniciar el viaje. A la distancia divisamos incluso las cavernas premium de Kayakapi, en Ürgup, donde hemos sido unos mimados cavernícolas por varias noches. No no disponemos de ventanas ni tragaluces. Sí de tinas calientes y frigobar. Miles de habitantes siguen naciendo y muriendo aquí en casas-cuevas, no siempre tan confortables. Y turistas forrados en dólares escogen dormir en la prehistoria durante unos días, pagando las ganas por un “cave hotel”. Todo un misterio de los gustos humanos, del que ya no podemos sentirnos ajenos. Hoy, durante el espeso silencio del amanecer en nuestra cueva, escuchamos al almuecín desde su minarete haciendo el llamado a adorar a Alá. Nos pareció que el aire se agitaba por resonancias de milenios, y que nuestro cerebro descubría placeres no imaginados. También temores nuevos…
Escuchamos el mismo llamado ayer, al final del día, cuando todo parecía de oro en Ürgup. Fátima nos dijo que en el atardecer de Capadocia uno puede llegar a creer que se ha cambiado de lugar en el Espacio. Una inglesa entusiasmada le contó que en este termitero humano ella se sentía compartiendo el planeta del El Principito.
Entre dudas y vacilaciones nos hemos movido sobre este territorio donde ha estado el hombre desde el amanecer de la historia. Hace poco fue descubierto aquí en Anatolia, cerca de la ciudad de Urfa y de la conmocionada frontera siria, lo que parece ser el primer templo construido por el hombre: Góbekli Tepe. Se encuentra en una zona donde ya se deja sentir la influencia del Estado Islámico. Este templo parece tener 11.600 años. Nueve milenios más que el cristianismo, siete milenios más que las pirámides egipcias, ocho más que el Partenón. Y el doble que el rústico Stonehenge, al cual se parece, pero supera en refinamiento.
NatGeo, al informar sobre el hallazgo se atreve a preguntar “¿Nació en Turquía el primer dios?”. No podremos responder semejante pregunta, pero sí recordar que muchos de los primeros cristianos llegaron aquí –ayer no más–, tras el apóstol Pablo, y se radicaron primero, al parecer, en el camino a Avanos, donde ayer vimos la frágil y enorme iglesia de Cavusin, que para no perderla para siempre fue trozada en dos.
ICONOS, MENOS ARTE QUE FE
Sabemos que los primeros cristianos llegaron aquí huyendo de la larga persecución romana y aquí mismo levantaron algunos de sus primeros monasterios. Y cuando la nueva fe se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano de Constantino, muchas chimeneas de hadas que vemos hoy se transformaron en iglesias. Partiendo de Cavusin los cristianos siguieron por el resto de Capadocia y el mundo predicando su doctrina. Fue éste el principal foco difusor de la nueva fe, y los seguidores de san Pablo dejaron en la piel de Capadocia huellas de mil años.
Son huellas que conmueven todavía. Les exigieron una entrega hasta el límite humano. Vivir ocultos en cuevas o bajo tierra, cavando iglesias y capillas, pintando o repintado imágenes de la Crucifixión, de la Ultima Cena, de san Jorge y el Dragón, de otros santos, ángeles y demonios. Todo hecho con menos arte que fe. Desde el globo vemos en todas partes grandes peñascos llenos de puertas y ventanas que parecen dibujadas en un jardín infantil. Al interior de esas cuevas se ocultan cientos de esos frescos bizantinos. Forman parte del hoy llamado Museo al Aire Libre de Göreme, y están pintados directamente sobre la roca o sobre una breve capa de yeso. Ayer subimos y bajamos entre esas cuevas, con los ojos bien abiertos y la boca muda. Vimos formas de retratar que se reiteran con monotonía: extrema solemnidad, rigidez en la figura, los mismos gestos repetidos aquí y allá, ausencia de vacío y siempre un color intenso. Casi no hay perspectivas. Falta profundidad: las figuras se encuentran normalmente en un mismo plano. Los personajes sagrados aparecen casi siempre de frente, como en nuestras fotos del pasaporte, subrayando así el dramatismo y la solemnidad primer del arte bizantino.
Se advierte algo de dinamismo, a través de la posición de pies y brazos, y la inclinación del cuerpo, sólo en las pinturas más nuevas, cuando tales pintores de arte sagrado dejaron de temer a los iconoclastas (“rompedores de íconos”), esos cristianos temibles encabezados por León III. Algunas figuras humanas dejan de ser tan lánguidas; se insinúa cierta expresión. Y el pincel empieza a usar colores más cálidos –naranjas, amarillos intensos–, como si quisiera anunciar el arte románico.
En las bóvedas y cúpulas nada cambia. Se decoran masivamente con las imágenes de la Virgen, el Descendimiento de Cristo, la Ultima Cena, la Resurrección, el Juicio Final, la Gloria. Y, por supuesto, el Jesús todopoderoso, el Pantocrátor. Sin que falte Judas.
Son pinturas irremediablemente simples, pues –por influencia oriental—lo que importa es transmitir un mensaje, convencer, propagar una idea; no encantar por la belleza. En nuestro siglo XXI deben ser apreciadas como testimonio sobreviviente de una fe que no ha muerto (aunque haya cambiado del Cielo a la Tierra).
El más admirable y mejor conservado de los templos bizantinos es la Iglesia Oscura, que se esconde en una de las cuevas de Göreme. Los demás tienen bastante daño. Casi todos los grandes conquistadores y pueblos de Asia pasaron por aquí, dominando, destruyendo. Hasta que, finalmente, turcos selyúcidas, tribus mongólicas y turcos otomanos –enemigos de Constantinopla, la actual Estambul– hicieron huir a todos los cristianos que se negaban a convertirse al Islam.
Luego de tener unas mil comunidades, a partir del siglo XIII, los cristianos ya no fueron nada. Las iglesias-cuevas y monasterios empezaron a quedarse vacíos.
Hoy, Turquía, en plena restauración islamista conservadora, los exhibe y tolera como Patrimonio de la Humanidad.
Sólo eso.
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