Budapest, la princesa del Danubio
He vuelto a la capital húngara después de varios años, y si bien sigue siendo la más bella ciudad del Danubio, se asoman amenazas en el horizonte. Hay razones para tiritar: llevo una vida entrando y saliendo de viejas ciudades maravillosas que luego pierden su alma por el turismo masivo.
Texto y fotos de Luis Alberto GanderatsNavegando sobre las aguadas cansadas del Danubio llegué la primera vez a Budapest. El mismo día, en el famoso cerro Gellért descubrí una cueva donde un vago dormía sobre cuatro trapos, y con varios libros de cabecera metidos en una rendija que era su estante. Volví varias veces en una semana para encontrarlo despierto. Nunca más lo pude hallar. Pero tuve la certeza de que esa indigencia sin miseria humana sólo se podía hallar en países capturados hace siglos por la cultura. Esa escena me pareció una metáfora de la culta Hungría, la cuna de Vasarely, de Liszt, de Bartok, de Imre Kertész, el Nobel de Literatura que vive su ancianidad aquí a orillas del Danubio.
Por eso, no me extrañó encontrar un mendigo que leía poesía. Lo que sí me extrañó ver un noble palacio art nouveau frente al puente Las Cadenas que estaba en proceso de convertirse en hotel de lujo en vez de acoger un conservatorio. O un museo.
Ahora he vuelto. No está el vago ni su biblioteca. El Diógenes húngaro, que quizá también quiso transformar su pobreza en una virtud, seguirá tal vez, como el antiguo filósofo caminando por la calle con una lámpara encendida diciendo “busco un hombre”. Un hombre honesto, sin apetitos, ajeno a lujos superfluos. Ahora, por las calles de Budapest, lo buscaré yo a él, aunque tengo poca esperanza de encontrarle.
En mi caminar sin rumbo, ayer me he tropezado con ese palacio art nouveau que tiempo atrás se preparaba para convertirse en hotel de lujo. Es suntuoso, irreconocible, y ya figura en la Lista de Oro de la revista Condé Nast Traveller: el Four Seasons Gresham Palace Hotel. Está claro: Budapest deja atrás su años grises vividos tras la Cortina de Hierro, y puede empezar lentamente a confundirse con muchas ciudades del mundo incorporadas al gran turismo. No sabré nunca con seguridad qué le tiene preparado el futuro, pero llevo una vida entera entrando y saliendo de viejas ciudades maravillosas que luego pierden su alma, y, en consecuencia, lo que menos que puedo sentir es un cierto temblor. Y muchas ganas de invitar –urgente– a los viajeros a que vengan a recorrer esta magnífica Budapest antes que lleguen por millones los hunos… y los otros, con sus celulares y cámaras fotográficas, sus pantalones a media pierna buscando comida chatarra y shoppings centers acristalados.
EL YING Y EL YANG
Ya en el siglo XV los italianos decían que “tres son las perlas de Europa: Venecia en el agua, Florencia en el llano y Buda en la colina”. Todavía Budapest es ciudad dulce. Sus célebres termas siguen tibias, bien mantenidas, algunas ligeramente distintas por restauraciones hechas con más capricho que ciencia. Luce todavía su dignidad el palacio real del sector de Buda, instalado en cerros que, como Valparaíso, gustan de la vertical. Los modernos sectores de Pest, al otro lado del río, conservan intactas –casi intactas–, sus riquezas en arquitectura modernista, mercados y cafés. Lamentablemente, su famoso y monumental Café New York fue descuartizado, y ahora un restaurante con ese nombre forma parte del Hotel Boscolo. Luce más dorado de lo prudente, parece un Imperio Austro-Húngaro en tecnicolor, donde nadie se asombraría que algún parroquiano se pusiera un monóculo al tomar un cappucchino.
A pesar de ciertos pesares, sigue siendo la ciudad más hermosa de los siete países que mojan sus pies en el Danubio. Deberíamos cantar ¡aleluya!, en homenaje a los miles y miles de judíos desaparecidos que ayudaron a construir el ayer y el hoy de Budapest. Es ciudad amistosa, pero también un poco esquizofrénica. Siente de una manera en el barrio de Buda, y de otra, en el de Pest. Y siente distinto también en un tercer poblado, Óbuda, que hace 130 años se sumó a las otras dos para convertirse en una sola gran ciudad.
Budapest tiene en sus dos orillas el yin y el yan, como ocurre con Praga, ciudad que también suele ser llamada “el París de Europa Central”. El yin y el yan es el mismo que podemos sentir en París, por el Sena. El mismo de Florencia, de Londres, de El Cairo. Todas tienen un gran cauce que arrastra historias distintas en sus orillas, y que al viajero le regalan la posibilidad de cruzar puentes, tránsito que a todos produce un placer inexplicable. ¿Será porque le permite ver la belleza partida en dos sin perder su magia?
Claudio Magris, que escribió una biografía no autorizada del Danubio, trata de explicarnos cómo es Budapest desde la perspectiva arquitectónica y cultural: “Si la Viena moderna imita el París de los grandes bulevares, Budapest imita a su vez este urbanismo vienés de acarreo…”. Es decir, Budapest se parece a París porque quiso imitar el espíritu abierto de Viena.
GOZAR SIN ANALIZAR
Pero a esta ciudad hay que gozarla más que analizarla.
Los jóvenes disfrutan los cafés de la plaza Liszt Ferenc, donde está la Academia de Música, y de ahí parten a conciertos de jazz o de composiciones tradicionales a la Opera, todo lo cual abunda en esta ciudad de la música. El turista de cualquier edad parte a los baños o termas, que le han dado fama desde hace más de dos mil años. Son como 60 en la ciudad, y tienen aquí un desarrollo arquitectónico desconocido en otros países, tan rico y llamativo que un turista poco experto podría sentirse chapoteando en un palacio florentino o tirándose piqueros en la Capilla Sixtina. Se siente una atmósfera de museo. Algunos son exquisitos, como los Baños Gellért, asociados a un gran hotel, hechos en estilo modernista, que aquí llaman Secesión, o los Baños Rudas, seguidores de la provocativa tradición turca. El más grande de todos, y también del mundo, pero no tan confiable en materia de limpieza, es el Széchenyi. Un gran edificio barroco con cúpulas de palacio, donde hombres comunes con medio cuerpo bajo el agua en piscinas termales juegan ajedrez.
El turista no podrá evitar detenerse ante las puertas y vidrieras de los cafés y pastelerías del siglo 19, son apenas unos pocos que quedan en el Viejo Mundo, creados por una sociedad que murió junto con la Primera Guerra Mundial. Pero estos cafés y pastelerías de Budapest parecen inmortales, y dan cierta esperanza de que muchos espacios nobles creados por el comercio puedan sobrevivir, y no mueran arrollados por la avidez de las constructoras destructoras. Hay barrios que nos recuerdan al centro más lujoso del viejo Buenos Aires, y eso permitió a Madonna grabar aquí algunos exteriores de la película Evita. Es lo que pienso frente a la decimonónica pastelería Gerbeaud, que tiene unos 100 metros de frente, al final de la calle peatonal Vaci. Y frente al restaurante Gundel, –al final de la deliciosa calle Andrássy–, y en el restaurante Muzeum, nacido en 1885, y que gustará a los que buscan la antigua comida húngara.
Los que no pueden sacudirse la nostalgia, harán bien si buscan en Buda la magnífica iglesia del rey Matías, que Neruda llamó “vieja oración de encaje sagrado.” Liszt estrenó aquí su Misa de la Coronación, para realzar el día de gloria de Francisco José y Sissí. Pero falló un detalle: Liszt no pudo dirigir el concierto porque llegó a la iglesia sin invitación…
Junto a iglesia de Matías encontré intacto el bello barrio medieval, aunque parece haber más tiendas exquisitas que satisfacen todos los apetitos y expresan todos los talentos. Abajo, a lo lejos, barcazas y grandes barcos de turismo se mueve como sombras sobre las luces reflejadas en el Danubio. Alcanzamos a divisar pescadores tirando sus anzuelos.
Bajo algunos puentes veremos luego rastros de los que duermen junto al torrente. Pero no vemos al vagabundo que tenía sus libros de cabecera en el agujero rocoso del Gellért. Tampoco lo hemos divisado en Pest, sin cerros, pero muchos rincones donde ocultarse en medio de una arquitectura modernista parecida a la de Barcelona, tapizada de letreros comerciales en magyar, un idioma de pesadilla. He observado uno a uno los admirables edificios y cafés de la calle Andrássy, sin encontrar rastros del Diógenes del Gellért.
APETITOS DE NERUDA
No sólo Liszt. También Neruda y García Márquez han dejado sus nombres asociados a la historia de la ciudad. A una Budapest desolada llegó el autor de Cien años de soledad. Era un escritor sin historia, un periodista juvenil, que poco después del levantamiento popular de 1958 fue invitado por el gobierno húngaro. Se vivían tal vez los días más represivos del régimen comunista. García Márquez intentaba burlar a la policía política para acercarse a la gente común. Lo vigilaban como a un enemigo. No le daban libertad ni siquiera en el Hotel Libertad donde lo alojaban. Así lo deja dicho en su libro De viaje por los países socialistas.
Hemos ido a visitar ese hotel. Luce moderno y sin policías. Ahora que hay libertad de comercio en Hungría, ya no se llama Libertad. Lo han bautizado Grand Hotel Hungaria, y en el 2012 pertenece a la cadena Best Western. Con sus 500 habitaciones, sigue siendo el más grande del país. Se encuentra a un par de minutos de Keleti, la gran central ferroviaria. En mi visita anterior estuve en Keleti, para viajar a Rumania. La decadente área de sus boleterías me pareció “un turbador viaje al pasado stalinista”. Hoy, a pesar de la crisis global, luce renovada y digna de la Europa del euro, a la que entonces sólo acababa de ingresar.
Neruda no se detuvo tanto en el tema político como en el de la comida.
“Miramos con hambre a Hungría”, escribió. Y luego puso su paladar en Budapest, “con su alma de pan, su luz de panadería. Sobre el Danubio se ciernen vapores de platinada cacerola”, huele aromas de “manteca y paprika, de orégano y laurel”. También se ocupa de su enorme parlamento neogótico, “torta sublime que miramos como los niños miran las maravillas. Budapest es maravillosa y comestible”, se rinde.
Es algo de lo que dice en su libro Comiendo en Hungría, que hizo a cuatro manos y dos mandíbulas con ese otro gordo goloso y eterno llamado Miguel Angel Asturias. Conservo como oro en polvo el libro autografiado que me regaló el día que celebramos sus 65 años en Isla Negra. Son los dos tomos de sus obras completas de 1968, donde incluyó como primicia la parte del texto que él hizo para ese libro de gastronomía húngara.
Ambos poetas, glotones de lo que fuera, y que al parecer se pusieron de acuerdo para morir 8 años más tarde, estaban de acuerdo con quien dijo que no hay nada como la buena comida, el buen vino y una mala muchacha. Las muchachas habrán hecho más dulce los días de Neruda en Hungría, tanto como las sopas, “aromáticas como un armario de hierbas, suavemente pícaras y picantes”.
Para los que están apestados con las vacaciones de siempre, venir a Budapest puede transformarse en un viaje al cielo. Aquí hasta los mendigos descubren la poesía.