Warning: count(): Parameter must be an array or an object that implements Countable in /home/gand37/public_html/wp-content/plugins/modeltheme-framework/init.php on line 746

Warning: count(): Parameter must be an array or an object that implements Countable in /home/gand37/public_html/wp-content/plugins/modeltheme-framework/init.php on line 746

Warning: count(): Parameter must be an array or an object that implements Countable in /home/gand37/public_html/wp-content/plugins/modeltheme-framework/init.php on line 746
Beni | El bello Amazonas de Bolivia – Luis Alberto Ganderats
Beni | El bello Amazonas de Bolivia

Beni
El bello Amazonas de Bolivia

Se viven los mejores sueños de niño y muchas glorias del buen viajero cuando se navega a borde del Reino de Enín por uno de los grandes ríos del Amazonas. Fuimos y no queríamos volver. Pescamos pirañas, acechamos a los caimanes, nos hicimos amigos de los indígenas, nos deleitó el sonido de la selva. ¿Cómo no querer volver?

Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats. Especial para revista Viajar Latino

Raro, de lo más raro, es lo que nos está sucediendo. Hace un par de horas estábamos más arriba de los 4 mil metros, en El Alto, sobre la ciudad de La Paz, en los Andes silenciosos. Ahora vamos sobre una canoa en el Amazonas de Bolivia, sumidos en el alboroto de la selva, con grandes caimanes que se lanzan al río Ibare apenas nos divisan, y aves solemnes, de todos colores, que cruzan el río sobre nuestras cabezas, casi danzando, y luego se posan sobre alguna rama como esperando el aplauso.

Imposible mover las manos para aplaudir. Toda nuestra emoción, toda nuestra energía la hemos gastado en vivir –puertas adentro, muy adentro en el alma—un espectáculo que nos parece un milagro poder presenciar todavía. Pareciera que nada hubiese cambiado aquí en millones de años, salvo por nuestra canoa y su tap-tap que corta apenas el espeso ruido del río y de la selva.

Pero hay hombres por aquí –un puñado de indígenas mojeños en la inmensidad–, y unos pocos que nos esperan en las aguas del Mamoré. Este es un ancho río que forma parte del gran Madeira, con casi dos mil kilómetros, que recoge aguas en Bolivia para llevarlas al Amazonas. Por eso, una de las teorías es que el Amazonas nace en el Altiplano. Quienes nos esperan en el Mamoré  están a bordo del Reina de Enín, un hotel flotante, un “flotel”, que por su figura podría confundirse con los barcos que hemos visto en el Mississippi. La diferencia es que la parte inferior es un moderno catamarán metálico, de inspiración polinésica, el cual le permite navegar con libertad, gracias a su  doble casco, sobre las cambiantes aguas de la mayor zona selvática del planeta. 

No tenemos prisa por llegar al Reina de Enín. Quisiéramos prolongar la emoción del viaje sobre la pequeña canoa. Sigue avanzando bajo un sol tibio y  luminoso, como otro ser vivo, casi sin interrumpir el emocionante concierto del río.

 –¿Quieren ir a pescar pirañas en una laguna del Mamoré?—pregunta Juan, el  piloto, que por un momento ha dejado de bromear y reír.

 –Depende del riesgo—responde el más prudente, mientras los demás preferimos guardar silencio.

Juan nos explica que no hay riesgo alguno, salvo que alguien esté herido o sangrando. Las pirañas del Mamoré son más sabrosas que peligrosas, y eso podríamos  comprobarlo al día siguiente. Ahora, nuestra urgencia es instalarnos en el Reina de Enín, navegar trechos del  largo y ancho Mamoré, conocer a los indígenas mojeños,  hacer cabalgatas en una estancia del Beni o nadar en la piscina de redes que tiene el flotel.

Pero, sobre todo, hay que dejar tiempo para que el sonido de la selva penetre por nuestros oídos, especialmente cuando se apaga el sol. Así, probablemente, descubriremos al hombre salvaje que duerme bajo la piel de cada uno, y nos acercaremos misteriosamente al  principio de los tiempos. Por eso, más que un viaje a lo desconocido, el Reina de Enín nos promete  un viaje de regreso, remontar el río por la noche, y así surcar sin esfuerzo nuestras vidas pasadas, que parecen venir, tumultuosas, hasta sorprendernos.

El rey de Enín

La Reina de Enín difícilmente existiría sin un licenciado boliviano, sencillo y culto, llamado Jorge Rivera. Es el rey de Enín, nombre que algunos daban a esta región de la cuenca amazónica. Rivera ha sido capaz del milagro de amar su empresa de turismo tanto como la vida silvestre; de respetar a los indígenas que habitan la región, como a los turistas de todo el mundo que llegan a conocerlps. Mano a mano con los indígenas mojeños y yurakaré planifica las visitas, desarrolla proyectos artesanales, da conferencias a los pasajeros. Hay canadienses, neozelandeses, australianos, norteamericanos. Se habla de los indígenas mojeños con un mojeño sentado a la mesa, explicando su cultura, su dignidad, las indignidades a que fueran sometidos en épocas que no son remotas.

Rivera nos recibe en el portalón del flotel, con una sonrisa infinita que brota sorpresivamente entre sus bigotes blancos. Y a su lado está su mujer, Mara Romero, una española joven y linda, instalada en el Beni, beniana antes que boliviana. Ella acaba de volver de Madrid, donde estuvo promoviendo el flotel. Su marido viene de Chile, donde hizo acuerdos comerciales con Lloyd Aéreo Boliviano y agencias de viajes de Santiago para  ofrecer tours que oscilan entre 600y 800 dólares, por siete a 10 días en la Amazonia y otros lugares excepcionales de Bolivia, como un refugio sumido en un valle de la cordillera Oriental, Sucre, Cochabamba, Santa Cruz, la Isla del Sol, en el Titicaca (ver recuadro.)

Se quieren dejar en claro que Bolivia es mucho más que “el país del Altiplano”, como se dice siempre y muchos terminan creyendo. Sólo un tercio de su territorio lo forma el Altiplano. Otro tercio es tierra baja, tierra de aguas, selvática, amazónica, cálida. La Amazonia Boliviana tiene un millón de hectáreas, más de 2 mil especies de plantas, 46 de mamíferos, 300 de peces, 218 de aves…Y el tercio restante del país se reparte entre ciudades bajas llenas de historia, con muchas de las mujeres más lindas de Latinoamérica –como son las de San Cruz, pobres o ricas, campesinas o cortesanas–, y gran parte de ese territorio con parques nacionales, entre montañas, como el Amboró, que por sí solo tiene más diversidad de nichos ecológicos que un país como Costa Rica. 

 El Reina de Enín –un ecologyc cruiser– representa un importante esfuerzo para “vender” la Amazonia boliviana (el Beni.) Tiene sus camarotes con baños privados, aire acondicionado, algunas camas matrimoniales, y espacio suficiente para llevar 14 personas en una aventura sin más riesgos que enamorarse de lo que creemos inalcanzable.

Este barco navega todo el año. De mayo a octubre, aproximadamente, la época seca, se forman playas en los ríos, es posible hacer muchas caminatas. Los mosquitos casi no molestan. El resto del año, que es época de aguas, se navega mucho, y más lejos. En bote se exploran arroyos y lagunas distantes. Hay menos opciones de caminatas, y el pasajero debe ir preparado para combatir los mosquitos, y así disfrutar plenamente del viaje.

Ambas épocas tienen atractivos, aunque diferentes.

Caimanes  y delfines

Al segundo día, Juan cumple con su promesa de llevarnos a pescar pirañas. En un pequeño bote a motor navegamos cerca de una hora hacia un lugarejo del Mamoré llamado Villa del Carmen, donde sólo vive una familia. Es temprano, y alcanzamos a ver asomados algunos capibaras o carpinchos, los mayores roedores del planeta. Tienen el tamaño de un cerdo y cara de cuye. Pasaron la noche cerca del agua para protegerse  de los ataques nocturnos del jaguar.

Cerca de la embarcación pasan delfines de río jugando como niños.

Es la maravilla de ver despertar la Amazonia.  

Bajo una choza de bambú y paja, en Villa del Carmen, nos protegemos de un largo chaparrón. Juan disfruta la lluvia mientras achica el agua del bote, y luego camina un kilómetro selva adentro para preparar una piragua, en la orilla de una laguna, donde haremos nuestra pesca. Al poco rato regresa para seguir achicando el agua del bote. El diluvio anda por la Amazonia. Y cuando ya damos por fracasado nuestro encuentro con las pirañas, debido a la lluvia fría que viene del sur, el hombre mira al cielo y anuncia: “En cinco minutos más nos vamos a la piragua”.

Lo que parecía imposible sucede. Las nubes dejan de echar agua, sale el sol y nosotros iniciamos la marcha –todavía incrédulos—tras los pasos seguros de Juan, con pies desnudos, repletos de barro, y la boca llena de sonrisas.

Llegamos a una laguna repleta de nenúfares floridos, con las aguas más claras que las del Mamoré,  que hierven de pirañas color salmón. Algunas alcanzan los  25 centímetros de largo, y algo menos de ancho. Aparecen cuatro cañas con carne cruda en los anzuelos, y se inicia una dura competencia de quién es más rápido: la piraña que muerde, traga como hambriento y huye, o nuestra mano inexperta que sube bruscamente la caña cuando siente el primer tirón.

Resultado: cuarenta carnadas que desaparecen en poco rato, y sólo una docena de pirañas fuera del agua. Pero alcanzan para una cena de exquisito sabor, con muchas espinas (más el condimento irrepetible de la aventura.)

Por la noche, otros se van a observar caimanes. A “caimanear”. La linterna de Juan descubre fácilmente grandes ojos que se encienden en la oscuridad. Si el caimán no es de gran tamaño, nuestro amigo se desembarca entre tinieblas y lo atrapa por sorpresa y hace una sobresaltada sesión de fotografías con los pasajeros del flotel.

Luego, el caimán es devuelto a las aguas del Mamoré, para que siga viviendo su historia sin fin, asustando a los visitantes. O entusiasmando a quienes –por un mandato ancestral—desean ver de cerca este mundo.

No es un mundo cualquiera. De él, nuestros remotos abuelos prefirieron emigrar, dejando atrás millones de años de vida primitiva. Pero lo que ocurriera aquí (o en otra selva semejante del planeta,) pareciera que nunca se borra por completo, y cuando pisamos territorios como el del Mamoré sentimos un fuerte tirón de algo que puede ser nuestra memoria genética.

El flotel Reina de Enín, y otros como él, pueden actuar como buques fantasmas del Amazonas. Se nos aparecen para recordarnos lo que somos. O lo que nunca deberíamos dejar de ser si lo que queremos es salvar al planeta y al mismo Hombre.           

Más que un puro turismo ecológico y de aventura, lo que aquí nos ofrece la hermosa Bolivia es una tentadora invitación a descubrir el Mamoré que todos llevamos dentro.

Ver texto publicado en revista en formato PDF Beni