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Bellagio | Alma de la Ciudad Infinita – Luis Alberto Ganderats
Bellagio | Alma de la Ciudad Infinita

Bellagio
Alma de la Ciudad Infinita

En el dorado escondrijo de príncipes, artistas y millonarios, el Lago di Como, le invitamos a conocer Bellagio, pequeña ciudad donde tiene domicilio la gracia italiana de siglos. Es parte principal de la Ciudad Infinita, en la que Milán se funde con antiguas villas de la Lombardía, hasta tocar las aguas de los grandes lagos. ¿Quiere acompañarnos?

Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats

Shakira y el futbolista Gerard Piqué fueron traicionados este año por la formidable belleza del Lago di Como. Estaban ocultos en el hotel-palacio Villa d´Este, cuando decidieron asomarse unos segundos a la ventana para mirar los palacetes italianos de la ciudad de Cernobbio.

No pensaron que una regata de veleros y la gran piscina rectangular del hotel, construida sobre las aguas del lago, los iban a entretener más de lo prudente. Un fotógrafo tuvo tiempo para captarlos en la intimidad: la cantante en pijamas; el futbolista, en ropa interior. El mundo supo así, en Cernobbio, que eran novios. La autora de Estoy aquí, estaba ahí. Las fotos se dispararon como el Correcaminos por la Internet. Nosotros las vimos en la TV después de almorzar, no lejos de Shakira, sobre una terraza de Bellagio, en el mismo lago, donde nos sentimos príncipes renacentistas de vacaciones.

Semejante placer habrán sentido a través de los siglos quienes se enamoraron de Como, incluyendo a Madonna y Da Vinci, Napoleón y Churchill, Hitchcock y Verdi, Conti y Versace. Por algo, Silvio Berlusconi, dueño del Inter de Milán, compró hace poco una villa por US$ 12 millones, vecina del hotel de Shakira/Piqué. Y el muy premiado actor George Clooney llega en moto al gimnasio de ese hotel para combatir el estrés junto a princesas y magnates, invitados habituales suyos en las dos villas palaciegas que ha comprado. Inexplicablemente, no fue éste el escenario de una comedia romántica protagonizada por él junto a Michelle Pfeiffer, pero su título es perfecto para resumir nuestra visita a Bellagio, el más dulce de sus lugares: Un día inolvidable.

Mussolini en escena.

Debemos admitir que la cercanía de Shakira fue para nosotros solo interés de un rato. Mientras almorzábamos, otro hecho –realmente un suceso– concentró nuestra atención, aunque tuvo lugar hace más de 60 años. Al otro lado del angosto brazo del lago en que se levanta Bellagio divisábamos Mezzegra, la ciudad costera donde Mussolini murió acribillado a fines de la Segunda Guerra Mundial. Estábamos a unos 5 mil m. de distancia. Los altos cerros de Mezzegra se hallan muy cerca de la frontera con Suiza, país al que el derrotado capo fascista pretendía huir vistiendo uniforme de las tropas de Hitler cuando fue detenido y ejecutado por la Resistencia Italiana.

Más temprano, el barquito que nos llevó hasta Bellagio había tocado por unos minutos ese diminuto puerto. Fotografiamos sus casonas con ventanas altas y postigos rojos o burdeos, sus árboles intensamente verdes y su flor de la pluma decorando el noble enrejado de las villas.

Encima se veían los cerros del sector de Giulino, y los cipreses, abetos y laureles de la Villa Belmonte, junto a cuyos muros fueron ultimados el dictador italiano y su última amante, la joven Carletta Petacci.

Pero decidimos continuar viaje a Bellagio, más interesados en la belleza del lago que en su pasado. Dos días antes habíamos estado en la inmensa Plazzale di Loreto, en Milán, donde los cuerpos de Mussolini y de su gente fueron colgados de una gasolinera que ya no está. Era suficiente. Otro día –¿por qué no?–, tal vez, nos esforzaríamos en encontrar escenarios de muertes que cambiaron la historia.

La ciudad infinita.

Ahora era el momento de disfrutar de la vida. Y este lago nos pareció el escenario perfecto para buscar la felicidad en la Tierra. En especial si lo del Paraíso bíblico fuera simple publicidad engañosa –¡cómo están las cosas, Dios mío!–, si le pudiéramos creer a los descreídos. Bueno, el Paraíso puede estar aquí cerca, en el Jardín Botánico de la Villa Carlotta, en Tremezzo, al lado de la ciudad donde Mussolini supo del Infierno. Carlotta es el nombre de una princesa que recibió ese palacio como regalo de matrimonio. Solo la palabra primor sirve para decir cómo se conservan y cuidan aquí las orquídeas, azaleas, palmeras, cactus, árboles centenarios, jardines japoneses, preciosas fuentes con tortugas, el Valle de los Helechos y los caminos que conducen al visitante entre árboles donde la única fruta que no crece es la Fruta Prohibida (detalle que le falta).

Al otro lado del lago, a simple vista desde Villa Carlotta, se distingue el promontorio verde de Bellagio, con los enormes parques de la Villa Melzi y de la Villa Serbelloni. Ellos prolongan el placer del paseo. Son lugares que todo turista debería marcar en un plan de recorrido por el Lago di Como, sumándolos a la majestuosa Villa de Balbianello, los parques de Cernobbio, como Villa de Erba y Pizzo, y algún otro parque botánico de estas orillas. Ellos forman parte de lo más admirable de La Ciudad Infinita, nombre de fantasía dado a un extenso rosario de ciudades y pueblos que ya se han ido acercando entre ellos, o soldando, hasta formar lo que algunos consideran una metrópoli insuperable de la Lombardía. Incluye desde Milán hasta el Lago di Como, un recorrido que se puede hacer por € 70 en tour. Son unos 80 km. de belleza y prosperidad, con la mayor concentración humana de Italia. El viaje a través de esta región del Norte italiano, camino a Suiza, resulta un paseo delicioso. Pero –pongámoslo así– solo llegar a Bellagio es como recibir ese beso de amor que nos deja pisando nubes. (¿Odia las cursilerías al escribir? Nunca se asome a Bellagio; y no diga que no se lo advertimos).

Bellagio y el corazón.

No sabemos exactamente por qué en esta pequeña ciudad los viajeros nos quedamos como pegados a la tierra. Silenciosos, pensativos. Es parte del misterio. Tal vez sea la concentración de mucha belleza, de mucha armonía, en un espacio que cabe en unas pocas miradas, y hasta en una sola. Puede ser la perfección de una obra de arte urbana hecha por multitudes a lo largo de siglos, aunque nadie pudo planificarla de este modo, ni nadie logró afearla de ningún modo. Un verdadero milagro de la arquitectura, del urbanismo y la urbanidad. De la conservación histórica. No se trata de que sus palacetes o templos sean superiores a otros del lago. Lo que atrae es la mezcla y su emplazamiento.

Tal vez las decisiones que toma cada sendero de Bellagio al cambiar de dirección o de altura.

Después de esa primera mirada absorta, los ojos descubren sus calles empinadas, con escaleras de piedra que avanzan entre pequeñas tiendas.

En ellas se repite la belleza, y se admira a cada paso la calidad de su seda, la más fina de Europa, y tal vez del mundo. Luego recorremos sus parques, que parecen convertirla en el alma florecida de La Ciudad Infinita. En cualquier momento, inevitablemente, aparecerán caminos bordeados de muros que conocen bien el arte de envejecer.

Muy altos, ocultan el lujo de los millonarios, el que se adivina, pero no se ve. A lo más se divisa a través de estrechas rendijas. Estos caminos amurallados llevan de un lado a otro del lago, atravesando la pequeña península en que se encuentra Bellagio.

A veces, algún camino termina abruptamente en… el agua, con muros a ambos lados. Mas parecen angostos escenarios de un teatro acuático, o insinuaciones surrealistas de Giorgio de Chirico. Nunca el final esperable de un camino. Pero no podemos pedirle explicaciones a la belleza sin caer en la oscuridad de la metafísica. Simplemente hay que rehacer el camino en busca de salidas.

Muy pronto comprobaremos que eso es lo mejor que podía pasarnos, porque Bellagio se entrega mejor a quien complace sus caprichos.

Así, caminando, iremos teniendo encuentros felices con la belleza, la dulzura, la armonía, sin poder evitar la atracción incontenible, tal como ocurre con todos los amores fatales (siempre enemigos del olvido).

Lombardos memoriosos.

Si nuestro paladar tiene buena memoria, también Bellagio puede decirnos mucho. Gran gastronomía italiana y la mejor comida llegada de todos los mares, que parece tener mejor sabor en este escenario de villas y jardines junto al lago. Hay unos 3 mil habitantes apenas, pero que saben guiar, vender, cocinar, respetar, entretener y, claro, retener a cualquiera que ha llegado con la intención de irse pronto. El cambio de pasajes de los vapores se produce aquí más que en cualquier otro lugar del lago.

Nosotros decidimos cambiarlos cuando nuestro barquito aún no llegaba a puerto, mucho antes de pisar sus calles empedradas. Teníamos que prolongar la estadía hasta entender lo que estábamos viendo. Lo mismo debió ocurrirle a Leopoldo de Bélgica, cuya familia construyó la Villa Frizzoni, hoy Serbelloni, hotel famoso por el lujo. Su parque, abierto al público, tiene senderos que conducen hasta un mirador donde se asoman los Alpes italianos. En ese lugar se entiende mejor cómo es el Lago di Como, que, siguiendo la descripción común, tiene “forma de hombre, con una pierna en la ciudades de Como y Cernobbio, otra en Lecco, la nariz en Domaso y la entrepierna en… Bellagio”. En este escenario monumental, los pueblos cubren parcialmente los cerros, y hay una perfecta convivencia de construcciones y bosques. Se nota una opción clara por ciertos estilos arquitectónicos del pasado, por armoniosos matices de ocres, rojos, amarillos, ¡casi nunca blancos! Usan técnicas de artistas antes que la brocha gorda. Se trata, eso es verdad, de un paisaje para nostálgicos, pero que exige toda protección. El conjunto de pueblos que vemos desde las alturas de Bellagio, y las aldeas pesqueras, villas señoriales, iglesias románicas y barrocas que salen al paso mientras navegamos un poco tristes de regreso a la ciudad de Como, nos hablan de una admirable delicadeza colectiva. Revelan una conciencia histórica que no abunda en nuestros países, condenados a ser siempre nuevos. Sin memoria. Este lago memorioso es por eso memorable.

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