Barcelona: entre el amor y el odio
Barcelona no sólo les duele. Odio Barcelona llega a decir en el título de su reciente libro un grupo de escritores jóvenes irritados con los desajustes que el turismo está produciendo en la ciudad. Uno, que la identifica con tres letras insípidas, BCN, escribe: “Ella se deja hacer. Le prometieron que la pondrían guapa, y permite que la perforen, que la destripen, que la entuben, que la ensanchen feamente por los tres costados que no limitan con el mar. Nadie se queja”.Les cuesta asociar la ciudad de hoy con sus recuerdos de adolescencia.Otros sienten que BCN se ha transformado en “un parque de atracciones”, donde los restaurantes de comida rápida y negocios para turistas se multiplican “a ritmo feroz”, mientras desaparecen lugares auténticos y muchos de los destinados a quienes viven en ella. Les cuesta moverse por la ciudad sin ser “engullidos por masas de turistas playeros” que, sin resistencia, se han tomado Las Ramblas, el Parque Güell, el Barrio Gótico, Barceloneta, Montjuïc…
¿Sólo son berrinches juveniles? No. Un escritor maduro, Enrique Vila-Matas, instala sus quejas en los grandes diarios usando lenguaje castizo: “A Barcelona van los turistas a cagarse y encima les aplauden.” Advierte que “se ha roto el tejido civil, lo más interesante; se ha perdido un ritmo antiguo que había antes”. Llega al límite cuando la llama “ciudad repugnante”, sin fijarse en la admiración que Barcelona nos provoca a los extranjeros, por lo cual es hoy el principal puerto europeo de cruceros y recibe 13 millones de visitas al año.

Tampoco la queja es de quejosos sin remedio, como suelen ser los intelectuales. El mayor arquitecto de la ciudad, uno de los que más hizo para abrir la ciudad al puerto, hijo y nieto de importantes catalanes, Manuel de Solá-Morales, dice que “la invasión turística está cambiando mucho la atmósfera y el ambiente de gran parte de la ciudad. El turismo es algo muy enajenante. Su presencia modifica el transporte, el comercio, los lugares de ocio, y los ciudadanos a veces nos sentimos marginados”.
Ya lo vemos. Se asoma en Barcelona el fenómeno de siempre: los que han hecho una bella ciudad, primero sonríen cuando la admiran; luego hacen esfuerzos por atraer turistas y así darle riqueza al comercio, a la vida cultural. Después no saben qué hacer con el resultado. Muchas ciudades del gran turismo europeo ya han perdido al habitante común: La recorremos y no logramos ver su quehacer cotidiano. Sólo vemos turismo y comercio. Parecen seguir vivas sólo para servir al forastero.
En Chile, ciudades admirables como el Valparaíso histórico, o Puerto Varas, ganan turistas y empiezan a convertirse en ciudades-dormitorio, o para la casa del fin de semana. Algunos de sus habitantes de siempre dicen cosas parecidas a las que escuchamos en Barcelona. Debemos tener los ojos abiertos, los oídos atentos. Aún hay tiempo.