Afiebrada visión de Sudáfrica
Víctima de un mal desconocido, el redactor de estas páginas comenzó a escribir su relato cuando solo había transcurrido un día de su regreso desde Sudáfrica. Dominado por la incertidumbre, afiebrado, cuentas sus carreras a lomo de avestruz y sus entusiasmos por las bellezas y rarezas de un país inexplicable.
Nadie puede escribir con alegría y lucidez si por una causa desconocida se está volando de fiebre. Regresé ayer de Sudáfrica y es probable que un insecto de Zululandia me haya inyectado su veneno. Cuando caminábamos por la reserva de caza de Hluhluwe, acompañados por un ranger o guardaparque armado de fusil, todo era emoción. Pude aproximarme a dos metros y medio de un rinoceronte blanco, para fotografiar de cerca su labio inferior cuadrado, que desliza sobre la tierra como una cortadora de pasto.
Una rara belleza, casi extinguida sobre la Tierra.
Logro acercarme sin mucho riesgo. Es un animal miope y su olfato poderoso no le sirve cuando el viento corre a favor mío. Pero de pronto cambia el viento, sus fosas nasales vibran ligeramente y 2.000 kilos de fuerza se ponen en movimiento como un tanque. Antes de que avance los dos metros y medio que nos separan trato de captar —en cuclillas— la última fotografía. Un manotazo del ranger me saca bruscamente del camino del animal.
–Me he enterado que su colonia le gusta mucho los rinocerontes -comenta después Yeni Eates, una guía de Umhlanga Rocks, que nos acompaña por las reservas de Zululandia. Hasta ahí todo andaba bien, pues ser pisado por un rinoceronte siempre es incómodo. Pero el encanto se acabó cuando estuvimos de regreso a nuestro Land Rover.
-Revísense bien el cuerpo, sáquense los zapatos y los calcetines. Aquí abunda un insecto que transmite la fiebre africana-, advierte el guardia.
Dando un pequeño chillido, un miembro del grupo muestra en su brazo un arácnido de cuerpo duro y plano. Lo examinamos: tiene cuatro pares de patas.
–No se preocupe – dice el guardia-. Para hacerle daño necesita meter su cabeza bajo la piel de su víctima y eso le demanda un par de horas de trabajo, a lo menos. No le ha hecho nada. ¡Tranquilo!
Todos nos hacemos una prolija revisión y, antes de dos horas, una ducha en el Zululand Game Lounge nos permite dormir tranquilos, alejados ya del peligro de la fiebre africana.
UN AFRICA RUMOROSA
Ahora en Santiago ignoro el tipo de fiebre que me tiene en cama. También lo ignoran los médicos de la Clínica Alemana. “Sus ganglios están muy inflamados. No podemos descubrir la razón del fenómeno si no se hace estos exámenes”
La lista es larga. Mientras trabajan los expertos del laboratorio, trataré de contar algo de mis quince días sudafricanos. Dicen que la mitad de la alegría está en hablar de ella y eso es lo que trataré de hacer, aunque la fiebre y la incertidumbre casi han desalojado de mí toda alegría. No han podido borrar, sin embargo, ese encandilamiento que produce el regreso al continente donde nació el ser humano, que conserva intactas las noches rumorosas de la selva y la sabana. Todavía veo rebaños de animales salvajes, y muchos hombres que se hallan más cerca de la prehistoria que del siglo XX.
Cuatro veces he viajado antes por el África, y ésta vez resulta tan intensa como la primera. Y más cómoda. Los circuitos para realizar safaris fotográficos se hallan organizados de una manera funcional, Los muchos minerales que tiene la tierra sudafricana parecen provocar el milagro de una vegetación más heterogénea que la de cualquier otro gran país del globo. La variedad -casi 20 mil plantas- explica una sorprendente abundancia de fauna: hay comida para cubrir todas la necesidades y gustos.
Ríos color coca-cola descubro en la Provincia del Cabo, y un experto me explica que esas aguas atraviesan zonas muy ricas en minerales de hierro. Visitando una mina de oro subterránea en Johannesburgo -actualmente fuera de explotación- me entero que de todo el oro producido por el hombre desde la Edad Media, un tercio ha salido de Sudáfrica.
Esta era una tierra despreciada hasta 1860. Sólo le interesaba a los nativos y a grupos de campesinos holandeses (llamados bóeres) radicados desde el siglo XVII.
Pero hace 113 años se anunció el descubrimiento de diamantes en la Provincia del Cabo. Y hace 107 años se supo del oro en el Transvaal, donde nacería Johannesburgo. (Es hoy la ciudad minera más grande del planeta, lejos de ríos, mares y lagos, pero montada sobre una montaña de oro).
Oro y diamantes produjeron un milagro sin paralelo en la historia económica del mundo. Y eso trajo intereses, ambiciones y egoísmos que han escrito con tintas dramáticas y polémicas la historia sudafricana del último siglo. La separación de razas (apartheid), descrita antes en nuestras páginas por un redactor en viaje (edición 637), es una de las consecuencias de su riqueza.
VIAJE AL SIGLO VEINTIUNO
Otra de sus consecuencias es que Sudáfrica ha llegado a ser uno de los países más extraordinarios de la tierra.
El más extraordinario de cuantos he podido visitar, y que casi llegan a ciento.
Extraordinario significa “fuera del orden o regla natural o común”, y eso lo define muy bien una frase utilizada por la propaganda turística: “Sudáfrica es todo un mundo en un país”. De nuestro mundo, descubrí lo mejor de la civilización europea. Lo descubrí con sorpresa en Buenos Aires al abordar un boeing de una compañía sudafricana de aviación. Por el olfato adiviné el plato. Al llegar a Ciudad del Cabo -donde nació este país- comprobé que la sensación grata de esa línea aérea no era falsa. La ciudad de Christian Barnard podría trasladarse a la Europa más desarrollada y nadie se daría cuenta, salvo por los mestizos, pues más del 80 por ciento de ellos vive aquí. La cultura se advierte en lo grande y lo pequeño.
Transitando por carretera ningún automovilista acerca su coche a menos de diez metros de otro. Nadie corre, nadie toca la bocina, nadie se cambia de vía sin necesidad. Las pistas son amplias, y se ven siempre como la Avenida Kennedy de Las Condes a las horas de poco tránsito, sin sin tacos ni apresuramientos. Casi todas las carreteras de la Sudáfrica blanca que recorrí (más de 4 mil kilómetros) se parecen a nuestra Avenida Kennedy. Y la cultura de la población se hace notoria en todas ellas, salvo los fines de semana, en que jóvenes ebrios provocan accidentes sangrientos.
A veces, también, los adultos.
–En lo bueno para tomar el sudafricano deja al chileno a la altura de un poroto-, me dijo en Ciudad del Cabo un mayordomo argentino del Mount Nelson. Es el hotel favorito de “los lores y los sires” por su almidonada etiqueta, que parece conservarse intacta y monárquica desde el año 20.
Mientras el Mount Nelson vive las nostalgias de la época colonial, no lejos de allí -en la laguna Da Gama, del Cabo de Nueva Esperanza- los turistas acatan respetuosamente la orden de no practicar deportes acuáticos a motor. Así se manifiesta la más moderna mentalidad conservacionista.
Y también en los tambores pintados que vemos en cada rincón del camino colgando de troncos rústicos. Allí depositan la basura quienes se detienen a comer y a descansar. Con este gasto insignificante y gracias a la cultura de las gentes, el Cabo conserva su encanto y su limpieza.
Los árboles pequeños son protegidos -uno a uno- con mallas o una cerca de madera, hasta que alcanzan una edad para defenderse del viento. Los árboles viejos (“árboles históricos” les llaman), que en Chile cortamos sin un ay, se protegen aquí hasta que mueren, y son repuestos de inmediato. Una avenida de grandes araucarias… chilenas llama la atención en Ciudad del Cabo.
HIPOPOTAMO EN EL PLATO
Nada más elocuente que algo descubierto por nosotros cuando hacíamos un recorrido completo al Cabo de Buena Esperanza, hasta llegar al sitio donde se unen las aguas del Indico y el Atlántico. Al pasar por Simonstown, encontramos tres autos detenidos en la carretera, con sus ocupantes manifiestamente entretenidos. Observaban a dos competidores de un partida de golf atravesando la carretera, seguidos por sus portadores de palos.
-¿Qué ocurre?-preguntamos a una pareja de jóvenes.
-Es que los dos últimos hoyos de la cancha de golf se encuentran al otro lado de la carretera. La pelotita tiene que atravesarla por el aire.
De este modo el club de golf no oculta la vista del mar a los automovilistas, ni los automovilistas impiden que se pueda hacer deporte en esa estrecha área plana, donde la montaña casi llega hasta el mar.
Una seña de los golfistas nos indica que podemos continuar nuestro paseo, y otra seña nos despide con agradecimiento. Nosotros agradecimos su lección,en silencio.
Ahora que la fiebre africana parece haberme atrapado, sin que los médicos chilenos sepan exactamente de qué se trata, ese agradecimiento al progreso sudafricano está en suspenso. Ahora ya tengo los exámenes de laboratorio de la Clínica Alemana y los doctores se miran con las cejas más juntas que el primer día, y a mí se me hace un nudo en el píloro.
Sigue la fiebre, siguen los ganglios como un enorme rosario ocupando varias partes del cuerpo.
Me han pedido un par de nuevos exámenes, y mi mal carácter ha aumentado en igual número de puntos.
Los médicos me interrogan sobre mis últimas comidas en Sudáfrica.
Les explico que todo parecía sano, que sólo estuve en restaurantes confiables.
-¿Qué comió?
–Bueno, lo más raro, doctor, fueron unas longanizas de hipopótamo, un estofado de avestruz, un asado de búfalo, docenas de caracoles de jardín a la francesa, algunas ancas de rana rebozadas, huevos y paté de avestruz.
Haciendo un gesto indescriptible ¡eran las 9 de la mañana!, una enfermera salió rápidamente, pálida, de la sala y se perdió por un pasillo.
Minutos después el médico debió aceptar que mi estómago permanecía sin novedad. Tuve que contarle algunas cosas, eso sí. Por ejemplo, que la longaniza de hipopótamo me la ofrecieron en el casino del Parque Nacional Kruger, y la comí bajo la mirada fija de un conservacionista neozelandés.
Esa longaniza me pareció seca y grasosa.
También debí explicarle cómo ofrecen los huevos de avestruz:
-No crea usted que uno pide un par de huevitos fritos en bandeja. Sólo se trata de unas cucharadas de huevos revueltos, para que el turista pueda contar a sus amigos.
Por último, los caracoles y las ancas de rana forman parte de todas las cartas de los restaurantes sudafricanos. Los preparan mejor que muchos lugares refinados de Francia.
Cuando terminaba de explicarle, la enfermera -ligeramente pálida aún- regresó a la sala y se puso a mirarme como quien mira a un caníbal.
Salí de la clínica con la orden de dos nuevos exámenes y una confesión: “Sabemos muy poco sobre enfermedades africanas”.
ESTRELLAS SIN MENTIRA
Difícilmente podría haberse culpado de mi fiebre a los hoteles y restaurantes sudafricanos. La Corporación Sudafricana de Turismo, Satour, que nos llevó de extremo a extremo del país, controla severamente la calidad del servicio. Aquí el turista no es esponja para estrujar ni vaca para ordeñar. Los hoteles de tres estrellas equivalen holgadamente a uno de cinco en Chile, y existen más de 900 establecimientos hoteleros que ostentan la calidad de tres a cinco estrellas.
Y no solo así se conquista al turista. Para combatir el cansancio y la ansiedad propia del paso por los grandes aeropuertos, en todos los terminales descubrimos una inagotable flota de carros destinada al traslado personal de equipaje. Tal vez no haya en el mundo otros grandes aeropuertos con mejor servicio.
En las carreteras nos llamó la atención la fluidez del tránsito y el buen estado del pavimento. El excepcional guía Sergio Pantin (nacido de madre chilena en la zona austral argentina) me explica:
–Nadie quiere aquí malgastar en petróleo importado ni destruir las carreteras, Por eso para el transporte casi no se usan camiones, sino ferrocarril y la vía marítima. Los automovilistas ya están usando gasolina producida en Sudáfrica, a partir del carbón.
Ningún país ha progresado tanto en esta materia. Las amenazas y los boicots por el apartheid han ayudado mucho.
Asombra, en verdad, la red ferroviaria sudafricana. Los convoyes son largos como día lunes, y los terminales -donde se guardan carros y embarcan mercaderías- suelen tener hasta 60 líneas paralelas. Hay comodidad en los trenes y tranquilidad en las carreteras.
Por esas carreteras o usando una tupida red de pequeños aviones, llegué a los parques y reservas de fauna más famosos de Sudáfrica. Ninguno más lleno de sugerencias que el Parque Nacional Kruger, que corre en la frontera de Mozambique. Ningún otro parque africano de caza tiene mayor variedad de fauna: leones, jirafas, elefantes, guepardos, leopardos, antílopes.
–Autorizando una caza controlada mantenemos el equilibrio ecológico- me aseguró Mr. J, Douglas, que fuera por largo tiempo director de Parques Nacionales y hoy tiene a su cargo los Monumentos Nacionales de Sudáfrica.
Nuestro propósito no es cazar, naturalmente, sino realizar un safari fotográfico en compañía de otros periodistas, algunos interesados en la conservación. Otros sólo quieren sensaciones en un continente que les es completamente nuevo. Las mujeres del safari -en especial- se emocionaron en la presencia de ciertos animales superiores: los rangers.
Atléticos, galantes, audaces, y bellos, todos los guardaparques (rangers) de la reserva Sabi Sabi han sido escogidos a prueba de indiferencias femeninas. Usan pantaloncitos cortos, cutis tostado, ojos claros y relajadas sonrisas.
A su lado, los visitantes nos sentimos animales extraños.
Gansos.
Cuando en la noche hay momentos para el baile y la diversión, los rangers se convierten en los reyes de la selva, y uno no puede evitar creer en ese momento que la vida sería mucho más tolerable sin sus estúpidas diversiones.
Sentimos que nuestro desquite se acerca cuando visitamos, las granjas de avestruces.
Cabalgando sobre estos animales, demostraremos a los rangers que los latinos sabemos montar, que bajo una mala capa puede ocultarse un osado caballero.
Los propietarios de las granjas se han enriquecido por generaciones vendiendo plumas a todo el mundo. Hoy esta ave corredora se aprovecha de pies a cabeza y también produce dólares turísticos. En Oudtshoorn -capital de las plumas- descubrimos que la diferencia del paisaje con nuestra zona central sólo está en que las vacas han sido cambiadas por avestruces. El resto -sauces, eucaliptus, espinos, maizales, pequeñas colinas y montañas como los de la cordillera de la Costa- hace de la Provincia del Cabo otra copia feliz del edén.
Miles de avestruces pastan hoy en los potreros. Sus abuelos alimentaron la soberbia de los granjeros del siglo XIX. Como nuestra vieja clase oligárquica, la aristocracia boer del avestruz no aceptaba de buen grado a los hombres de la clase media. “Hasta los médicos debían entrar a sus casas por la puerta de servicio”, cuentan las crónicas. Hoy sus descendientes atienden a dos turistas que quieren visitar las granjas, ofrecen comidas en sus viejas casas, venden mil productos y subproductos de esta ave gigantesca y -por último- organizan carreras de avestruces montados por diestros jinetes.
Entusiasmado acepté el ofrecimiento de cabalgar sobre uno de ellos. Debía hacerlo en pelo (¿o en pluma?), como se usa en Oudtshoorn.
¡La audacia no es monopolio de los rangers!, pensé, sin poder reprimir el instinto competitivo ancestral. Pero cuando me mostraron el avestruz que debía montar, esos instintos se pusieron lacios, y una profunda admiración por los rangers sofocó todo resentimiento.
Ya era tarde.
AVESTRUZ GRADO DOCE
Con cara de cordero degollado tuve que subir a una especie de banqueta, esperar que dos muchachones negros arrimaran al inmenso pajarraco, simular una indiferencia de jinete a lo Leguisamo, y, ¡solo!, trepar sobre el animal, para ser llevado a quizás qué aventura horripilante.
Nunca olvidaré esta granja llamada Highgate.
En ella viví el terremoto grado 12 más deprimente en lo personal. Me agarré como pude de ambas alas, y obedeciendo órdenes en idioma afrikaans, puse mis piernas por delante del muslo de las patas del avestruz. Conmigo a cuestas, el bicho se puso a correr en la medialuna como si le hubieran metido un palo ardiendo bajo la cola. Y ahí yo, como un león sanguinario, agarrado del avestruz a cuatro manos, chocando con el piño, golpeándome las piernas contra las cercas, haciendo esfuerzos heroicos para no salir disparado.
Ya era tarde para quejarse o arrepentirse, de modo que obedeciendo un pensamiento de Truman, “si no puede aguantar el calor, salga de la cocina”, decidí aguantar no más, y seguir montado. Me decía a mí mismo: Aguantaré todo el tiempo que la entereza, la fortaleza, la agilidad, el estado físico y la dignidad (del avestruz, por supuesto) me lo permitan.
Un minuto y 36 segundos, para ser exacto.
Antes de cumplir un minuto ya iba a la altura de la cola, ubicación no recomendada por los expertos en carreras de avestruz.
Diez segundos más tarde ya ni siquiera alcanzaba a agarrar al pajarraco del cuello, y ésa es la única forma de hacerlo cambiar el rumbo, como si fuera una rienda. Poco después de darse un quiñazo contra un muro, el Leguisamo chileno era depositado bruscamente sobre el suelo.
Medio sentado. Y medio parado. Pero dignamente. Pues a la dignidad es a lo último que se debe renunciar. Después de esta experiencia africana me compré unos pantaloncitos de ranger. Son muy sentadores.
A mi mujer se le ven monísimos.
ESA MUCHACHA ZULU
Ahora, afiebrado, en mis pesadillas escucho aplausos de los espectadores y veo clarito al avestruz levantando una de sus patas en actitud triunfante.
Nadie en la clínica ha logrado descubrir todavía el origen de mis fiebres y ganglionitis. Los últimos dos exámenes sirvieron para descartar la leucemia o alguna broma de ésas. Finalmente el médico a cargo de mi caso recomienda:
–Pida una consulta con el doctor Antonio Atias. Es profesor de parasitología. Entiende de enfermedades raras. Tal vez sepa de qué se trata.
El doctor Atías se encuentra fuera de Santiago, de modo que la incertidumbre y varios frascos de píldoras me acompañan mientras espero y recuerdo. Ningún recuerdo más inmortal -fuera de aquel del avestruz- que lo ocurrido al ingresar en la cabaña de recepción del Zululand Safari Lodge.
Veníamos acostumbrados a ser recibidos con cordialidad en cada hotel y en cada reserva de caza. Dormíamos como reyes en cabañas hechas a imitación de las nativas, almorzábamos mirando los paisajes siempre vivos de la sabana, con alguna jirafa a lo lejos, destacándose como un pino en el desierto. En cada lugar -mientras recibían nuestras maletas y equipos, mientras llenábamos formularios con nuestros datos- una muchacha sudafricana nos servía un jugo de cualquier cosa.
En el excelente Hotel Maharani, de Durban, ciudad con gran población asiática, el jugo fue servido por una adolescente hindú, vigilada de cerca por un gigantón vestido a la manera de Sandokán. En el hotel Constantia Garden de Johannesburgo, recién inaugurado, una rubia muy pálida nos dio a beber un jugo vistiendo a la manera holandesa.
Entré al Zutuland Safari Lodge medio adormecido por el calor y el largo viaje, olvidado por completo de la bandeja con jugos que nos recibía en cada ocasión. De pronto vi aparecer la bandeja y sobre ella -¿me van a creer?- dos senos negros, rotundos, redondos y orondos, propiedad indesmentible de una muchacha zulú. Ella salió -sin aviso previo- desde detrás de una columna, para ofrecernos su néctar de frutas.
La modorra desapareció de golpe.
No supe, eso sí, tomar el vaso con naturalidad. Temía que mi torpeza de manos y cualquier roce involuntario pudiera interpretarse de mala manera por parte de la joven zulú, perteneciente a la raza más guerrera de Sudáfrica.
Igualmente temeroso enfrenté una situación semejante en la madrugada del día siguiente. Apenas amaneció salí de mi cabaña a fotografiar los alrededores, convencido de que perro echado no encuentra hueso. Encontré muy pronto algunos avestruces domesticados y esos tigres de papel que son las cebras. Estaba entusiasmado con la florifauna sudafricana cuando vi aparecer a lo lejos una docena de muchachitas zulúes, que me hacían señas y gestos de simpatía. Al acercarme descubrí que también andaban desnudas hasta la cintura. Con gestos les pedí permiso para fotografiarlas. Ellas emitieron unos sonidos en idioma afrikaans -que suena como un alemán mal sintonizado- y poniéndose en pose me autorizaron a fotografiar. No sé qué hice exactamente. Lo cierto que ese rollo en colores salió blanco polar radiante, prestándose para todo tipo de comentarios irritantes de nuestro laboratorista.
LEONES AFONICOS
Hay otros que son pura boca en Sudáfrica: los puritanos.
Algunos culpan del puritanismo a las religiones dominantes entre los blancos: Iglesia Holandesa Reformada, Calvinista y Anglicana. La mayoría de los católicos -2 millones- son negros.
Para muchos el problema racial tiene una raíz religiosa, más que económica, pues los blancos se sentirían el pueblo escogido por Dios para civilizar a los negros y evitar sangrientas guerras entre las tribus negras y bosquimanas. En el puritanismo religioso estaría también el origen de la prohibición legal de que blancos y negros (y mestizos) puedan unirse en matrimonio o hacer el amor; quien es sorprendido termina en el cuartel policial.
Casi nadie -sin embargo- cree hoy en Sudáfrica que el puritanismo haya conseguido influir sobre las costumbres juveniles, pese a las apariencias. El guía blanco que me muestra Pretoria, la ciudad-capital, conduce el vehículo hasta el Puente de los Leones. Y nos dice:
–Cuenta la tradición que estos animales rugen cada vez que el puente es cruzado por una muchacha virgen… Llevan más de cincuenta años en silencio.
Poca virginidad quedará, probablemente, en la tradicional Universidad de Stellenbosch, cerca de Ciudad del Cabo. Es mixta y con ingeniosas visitas entre muchachos y muchachas, que habitan edificios distintos.
De las ventanas del internado femenino, eso sí, cuelgan muchos hilos que llegan hasta el nivel del suelo. En una punta de cada hilo que queda dentro del cuarto de la alumna, pende una campanilla. El interesado en hacer contacto con su Rapuncel, amarra un mensaje en la otra punta y tira el hilo para que se escuche el sonido excitante de la campanilla.
Ella recoge el mensaje.
(Así me lo contaron).
LIBERTAD EN LA COCINA
También me contaron de un admirable fenómeno relacionado con las empleadas de casa particular, seguramente originado en el puritanismo tradicional de sus clases principales, Me enteré en circunstancias completamente anormales. Un domingo por la mañana, visitando la gran mina de oro de Johannesburgo, descubrí que la guía -vestida a la usanza sudafricana del siglo XIX- tenía un acento familiar.
Era santiaguina.
Carmen Gloria es hija del ex ingeniero civil de Kenrick y Cía. de Santiago, Juan Montes. Ella tiene marido e hijos sudafricanos. Por la crisis de la Unidad Popular y por la recesión posterior, que no se acaba, uno a uno, sus siete hermanos se han radicado aquí. Ella ama más a su patria que a la patria de sus hijos; sin embargo, no puede negar que los sudafricanos revelan una mentalidad más evolucionada respecto al servicio doméstico. Los mismos blancos que han instaurado el sistema del apartheid –censurado universalmente- dan un trato mejor que en Chile a las empleadas de casa particular, que acá son negras o mestizas.
Cuenta Carmen Gloria Montes:
–No existe en Sudáfrica una ley que proteja en especial a la empleada, y yo diría que no se necesita con urgencia. Los patrones tienen conciencia social, habiendo excepciones, como en todo, naturalmente. La empleada se levanta a las siete de la mañana y después de servir el desayuno, descansa de nueve a diez. Nadie se atrevería a interrumpirla. Esa hora es suya. En la tarde, luego de servir el almuerzo, tiene dos horas libres. Dos horas, de dos a cuatro de la tarde, en las que puede salir de compras, hacer visitas, dormir siesta o ver televisión. Dos horas que nadie discute. Y en la noche, a las ocho, se va a su pieza y no sale de allí aunque la casa se encuentre llena de visitas. Nadie que tenga conciencia vulnera esta conquista. Excepcionalmente las patronas que dan una gran recepción en su casa ofrecen pago extra a la empleada para que trabaje hasta más tarde. Aquí tienen igual derecho a la vida privada los trabajadores de una oficina que los trabajadores de una casa particular.
Otros rasgo diferenciador está relacionado con la mujer.
Pude ver en Ciudad del Cabo, Durban, Pretoria, Johannesburgo y Port Elizabeth monumentos dedicados a la Mujer Sudafricana, en especial a la bóer –campesina- que conquistó estas tierras con su marido. Si Chile fuera como Sudáfrica en el sentido señalado, un monumento a Inés (de) Suárez hoy se levantaría, imponente, frente a la Catedral y al Correo de Santiago, como Pedro de Valdivia domina en la esquina nororiente de la Plaza de Armas.
SABI SABI SOSPECHOSO
Por todas esas características positivas resulta incomprensible que la política del apartheid -impuesta por el derechista Partido Nacional, gobernante desde 1948- no haya tenido una respuesta más enérgica de los otros blancos, de los mestizos y de aquellos negros en condiciones de protestar.
–Es la mentalidad de nuestros padres– me dijeron a modo de explicación, sin ocultar su pesadumbre, muchos sudafricanos jóvenes.
No parece una explicación suficiente.
Y, por lo demás, a mí me tiene sin cuidado por ahora. Estoy acercándome a un estado muy bien descrito por alguien cuyo nombre no recuerdo: “Al ser humano le aflige más un furúnculo en el ojo que cinco mil muertos en el Tibet”. Mi furúnculo se llama fiebre africana, si le creo al ranger de Zululandia. Y en las próximas horas el parasitólogo Antonio Atías podría explicarme qué sucede. Ha regresado de un congreso médico y me recibirá en su consulta.
La fiebre ha cedido un poco, por fin, después de una semana, y sólo los ganglios siguen entusiastamente inflamados. Pero estoy más aburrido que caballo de carretela.
He llegado a pensar que la fiebre africana no la atrapé en Zululandia, si no en el Transvaal, cerca de Mozambique. Cuando estuve en la reserva de caza de Sabi Sabi hice una breve excursión solitaria mientras otros descansaban junto a la piscina del Sabi Sabi River Lodge. Orillando el río recorrí algunos kilómetros, tratando de no perder de vista nuestras cabañas. Era de día y confiaba en poder reaccionar a tiempo ante cualquier amenaza, seguramente muy remota. Las dos horas que caminé orillando el Parque Kruger -siempre cerca del río- se convirtieron en casi cuatro de regreso.
Por momentos estuve alarmado, dando vueltas y vueltas, sin hallar el camino.
Nunca podré explicarme por qué de ida no crucé ningún brazo del río, y de regreso, sin embargo, me vi obligado a desnudarme casi por completo para atravesar aguas semi estancadas.
Quizás me atacó durante esa excursión el bicho de la fiebre africana. Quizás tuvo tiempo suficiente para meter su cabeza bajo mi piel e inyectarme su veneno.
Ya lo sabré. (¿Lo sabré?).
SAFARI A MEDIANOCHE
Tal vez el ataque artero tampoco se produjo en esa excursión solitaria. Pudo ser mientras dormía en alguna de las cabañas o durante excursiones por el Parque Kruger o la reserva de Sabi Sabi. Hicimos las excursiones siempre a bordo de viejos Land Rover sin techo que avanzan por la sabana como un elefante en estampida, rompiendo y ahuyentando todo a su paso. Y en esas circunstancias no hay tiempo para preocuparse si un insecto se te ha metido bajo la camisa o los pantalones. Menos cuando las excursiones se hacen de noche y los safaristas nos sentimos excitados protagonistas de una nueva aventura de Tarzán o Livingstone.
Y no es para menos. Montado sobre el capó del Land Rover, un negro corpulento y negro como Idi Amín ilumina los oscuros senderos del bosque con una enorme buscacaminos. Cada vez que el foco se apaga, la noche se traga al guía negro, y a todos se nos entra el habla.
Menos a los rangers, por supuesto.
Ellos son super capos. Pero los negros son los que huelen la presencia de las bestias, con su instinto a flor de piel y gracias a sus fosas nasales cavernosas. Haciendo un gesto apenas perceptible por nosotros, ordenan al ranger cambiar de rumbo. Después de cruzar a campo traviesa, dando barquinazos tropezando con ramas y troncos caídos, el Land Rover se enfrenta finalmente a una manada de búfalos o aun solitario elefante, en un claro del bosque. A veces avanza lentamente, para que el sonido de la noche africana penetre mejor a nuestro cerebro.
Entonces uno abre los ojos para escuchar mejor.
Por eso he llegado a pensar que la fiebre africana debí contraerla aquí, cerca de Mozambique. No en la tierra de los zulúes, donde pude observar ese arácnido de… cuerpo plano y lleno de patas.
“¿QUE ME PASA, DOCTOR?”
Es lo que le digo al doctor Antonio Atías después de explicarle los síntomas de mi enfermedad: dolores de cabeza, ganglios inflamados y fiebre alta, una herida negra coronada de pus poco más, arriba del tobillo. “Ha sido espantoso”.
Le cuento también que de regreso tuve que dormir en el Hotel Internacional del aeropuerto argentino de Ezeiza.
-¿Es un buen hotel? -Muy malo, doctor. Descubrí telarañas sobre el velador.
Pero yo le insisto en mis sospechas exóticas.
-El ranger nos aseguró que ese bicho que alguien descubrió en Hluhluwe produce algo llamado fiebre africana.
-¿Cómo era ese bicho?
-Ovalado, plano y con cuatro pares de patas. El ranger nos advirtió que si lograba meter la cabeza bajo la piel de su víctima, produce la fiebre africana. ¡Era asqueroso, doctor!
El médico me miró con una expresión que me
pareció de extrema frialdad.
-Esa es una garrapata, señor.
* El autor del reportaje salvó con vida desde ese preciso instante, para mayor gloria del periodismo universal. Sólo había sido víctima una inocente picadura infectada. El responsable sigue oculto en el hotel del aeropuerto de Buenos Aires.
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