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Abelardo, Eloísa y el padre Mateo – Luis Alberto Ganderats
Abelardo, Eloísa y el padre Mateo

Abelardo, Eloísa y el padre Mateo

Muchas flores rojas había en el alto sepulcro gótico. A pesar de los mil años de distancia, las parejas siguen llegando a visitarlos. Encontré a Abelardo y a Eloísa en sus tumbas al orillar el extraordinario cementerio parisino de Père Lachaise, al lado de la calle, como si quisieran escuchar el rumor de la gente.

La pureza de esas flores, la semejanza de ellos con los enamorados de hoy, fue lo primero que me sorprendió. Lo segundo me ha dejado meditando. Ambos murieron como católicos, ejercieron como abad y abadesa de sus monasterios, y  Abelardo –según The Catholic Encyclopedia— fue un “importante contribuyente al método escolástico, un ilustrado adversario del oscurantismo. Sin embargo, después de muertos no se les ha permitido permanecer junto a otros de su misma fe. En el Sector 7 del Pére Lachaise –donde se levanta su sepulcro– los únicos notables que veo son seguidores de otros dioses. Tal vez, alguien quiso subrayar las palabras del Antiguo Testamento: “¿No somos todos hijos del Padre, no nos ha creado el mismo Dios?”

Es fácil recordar a esos amantes cada vez que TVN publicita o transmite su nueva serie. Vemos a un padre Mateo –como Abelardo– asumiendo con limpia franqueza la paternidad de su hija y criticado por quienes habrían preferido el ocultamiento. No serán historias idénticas, pero pasados mil años poco parece haber  cambiado en los sentimientos, las pasiones y los miedos. Sigue intacta la desgarradora oscilación del ser humano entre la búsqueda del amor sobrenatural y la entrega al amor terrenal. Esa disyuntiva dramática se encuentra en el clérigo y filósofo Abelardo, brillante buscador de lo trascendente, que a los 38 años se enamora de su alumna de 16, y –como él mismo lo deja escrito– cambia los libros por los besos. La violenta castración a que es sometido por orden de un canónigo de París, tío de Eloísa, nos pone frente a la duda de cuánta fe necesitamos para odiar, y cuánta para amar.

Eloísa escribe a Abelardo:

“Tú pudiste resignarte a la cruel desgracia, incluso llegaste a considerarla un castigo al que te habías hecho acreedor por transgredir las normas. ¡Yo, no! ¡No he pecado! Sólo amo con ardor desesperado; cada día aumenta mi rebeldía contra el mundo y crece más mi angustia. ¡Nunca dejaré de amarte! ¡Jamás perdonaré a mi tío, ni a la Iglesia, ni a Dios, por la cruel mutilación que nos ha robado la felicidad!”

Los propios padres de Abelardo, sin embargo, muestran otro camino. Después de criar varios hijos, habían renunciado a la vida matrimonial: escogieron la vida de monasterio. La misma opción hizo el hijo de Eloísa y Abelardo.

Nos están recordando que dentro de nosotros hay dos que se disputan el mando (a lo menos.)