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Las mil caras de Jesús – Luis Alberto Ganderats
Las mil caras de Jesús

Las mil caras de Jesús

Teorías y testimonios sobre el verdadero aspecto físico de Jesús difieren notablemente, y los Evangelios no hacen revelaciones al respecto. Algunos le atribuyen gran belleza; otros afirman que careció totalmente de una imagen agradable.

Por Luis Alberto Ganderats

En un día como hoy nació en Belén un hombre que llamarían Jesucristo. Sus enseñanzas cambiaron el mundo, pero de su persona se sabe poco. En distintos siglos y latitudes lo han representado los pintores, escultores y artífices con mil caras diferentes. Los investigadores le atribuyen a veces varonil hermosura y otros aluden a rasgos carentes de gracia. No hay acuerdo sobre su verdadera imagen física.

De todos los libros nacionales y extranjeros que existen en los principales bibliotecas de Santiago, sólo cinco abordan el tema del aspecto físico de Jesucristo. Algunos lo hacen muy superficialmente o para decir que nada se sabe sobre el particular. Los sacerdotes consultados admitieron que el tema es apasionante, pero que no se han detenido o estudiarlo por no tener certeza de que los testimonios existentes sean auténticos. Los mismos Evangelios no se refieren a este aspecto en forma expresa y clara.

Este vacío tiene su origen en las tradiciones o costumbres de la época: los judíos y primeros cristianos sentían repugnancia a la representación del cuerpo, por temor a la idolatría. Cristo jamás fue dibujado por quienes lo conocieron. Incluso la cruz, hoy símbolo del Cristianismo, se consideró de mal gusto y degradante para el recuerdo de Cristo, y hasta el siglo IV, según unos autores, y hasta el siglo VI, a criterio de otros, no se utilizó en temas religiosos.

Noticias sobre el aspecto físico de Jesús han llegado hasta nuestros días a través de varios conductos. El más frecuente y abundante en información es el que cogió las tradiciones orales, vertidas primer al cuero y pergamino, luego al papel. La llamada Sábana de Turín, que según muchos cubrió a Jesús en el sepulcro, es otro campo de información y sobre todo de controversia. El más mezquino en noticias, pero -según los cristianos- más confiable, es el relato que los evangelios hacen sobre su aspecto físico que se limita a alusiones veladas y parciales.

SIETE AÑOS MAS…

El mejor estudio hecho sobre la presencia física de Cristo en los Evangelios es el del teólogo alemán Karl Adam, en su libro Jesucristo, del cual se estima hoy dos ejemplares solamente en Chile. Citando los versículos correspondientes, dice:

“Según los cálculos más modernos -porque hubo un error al confeccionar el calendario hacia el siglo VI -, Jesús nació en el otoño del año 7 antes de la llamada Era cristiana,  fecha en que se efectuó una conjunción de los planetas Júpiter y Saturno. Según el mismo criterio, fue crucificado el 7 de abril del año 30, a la edad de 37 años. Admitiendo un periodo de tres años para su ministerio público, contaría 34 años cuando dejó su patria para ir al Jordán a recibir el bautismo de Juan. Estaba, por tanto, en el punto culminante de su energía y de su vida cuando empezó a anunciar su mensaje.

“¿Cuál debió ser su aspecto exterior? Ciertamente, no se distinguió en su atuendo de los judíos y rabinos de su época. “Era como cualquier hombre y también sus gestos”.  En todo caso, no vestía llamativa y pobremente como su precursor, el Bautista, quien según la costumbre de los profetas, iba ceñido con una túnica de pelos de camello. Como sus paisanos, Jesús llevaría ordinariamente un vestido de lana con un cinturón que servía de bolsa al mismo tiempo, un manto o túnica y sandalias. Por su Pasión sabemos que su túnica era sin costura, y toda tejida de arriba abajo. Según las prescripciones de la Ley, adornaban la parte superior cuatro borlas de lona con cordones azules. Y siguiendo la costumbre de su tiempo, llevaría también para la oración matutina filacterias atadas al brazo y alrededor de lo frente. Seguramente Él no censuraría a los fariseos el uso en sí (de filacterias), sino la presunción que les inducía a ensancharlas y a alargar los flecos. En sus largos caminatas se resguardaría de los ardientes rayos del sol mediante el corriente sudario blanco que envolvía cabeza y cuello. Pedro lo encontró posteriormente en su tumba. Por lo demás, desdeñaba Jesús toda “preocupación por el vestido”

FIGURA CON GRACIA

“Respecto al cuerpo evitó todo detalle llamativo o afectado, y, por lo tanto, seguramente, llevó la barba usual y los cabellos cuidados y cortos en la nuca, a diferencia de los nazarenos, que se dejaban hirsutas y largas guedejas. Entonces se consideraba “vergonzoso que un hombre llevase el pelo largo”, según hace notar San Pablo.

“’Su figura corporal debió ser simpática, atractiva y hasta fascinadora. No poseemos ciertamente ninguno descripción sobre el particular, como ya lo notó Ireneo al final del siglo II; tan sólo la nota de que Jesús en su niñez habría crecido “en gracia ante Dios y los hombres”, se refiere indudablemente al aumento no sólo de las gracias anímicas sino también a las del cuerpo.

 “Cuando posteriormente Justino y también Clemente de Alejandría y Orígenes, influidos estos últimos por la malévola opinión de Celso, atribuyeron a Jesús una figura mal parecida, contrahecha o por lo menos insignificante, sólo se apoyan en la exégesis dogmática de un pasaje de Isaías, quien había anunciado efectivamente que el “Siervo de Yahve” no tendría figura ni belleza. Pero aplicaron simplemente a su fisonomía exterior, en general, lo que al profeta dijo refiriéndose al varón de dolores arrastrado por las calles de Jerusalén. Contribuyó sin duda a fomentar dicho opinión la doctrina neoplatónica, que veía en el cuerpo algo indigno del hombre, la prisión del alma, llegando hasta considerar un cuerpo hermosamente formado como obra diabólica y tentadora”.

Karl Adam cita en apoyo de su tesis de la fortaleza de Cristo, lo vida sacrificada durante su ministerio, en la cual “sin alforjas, tampoco pan y dinero”, recorrió miles y miles de kilómetros, escaló montañas en tiempos sorprendentes, como en su subida de Jericó a Jerusalén. También habla del magnetismo de su personalidad y de cómo los Evangelios ponen siempre el acento en la mirada de Jesús.

Nada más que esto puede desprenderse del aspecto exterior de Cristo en los Evangelios. Pero hay otros testimonios que, verdaderos, dudosos o falsos, han sido recogidos por biógrafos de Jesús.

“QUISO SER FEO”

Poco más de nueve metros de largo y tres de ancho tenía la casa de Jesús en Nazaret, según el sacerdote galo de la Congregación del Santísimo Redentor, P.P. Berthé.  Terminaba en una gruta de pequeña dimensión arrimada a la colina. Había heredado el oficio de José, el carpintero, y en su taller fabricaba vigas, yugos, arados y ventanas. Lo llamaban “el hijo del carpintero” o “el carpintero” a secas. “Todo hace creer –dice el padre L.C.L. Fillion—, que fue a una escuela perteneciente a la sinagoga de Nazaret, donde aprendió lectura, escritura, cálculos y sobre todo dogma y moral israelita. No fue a escuelas superiores de Jerusalén o de otros pueblos de Palestina. Antes de iniciar su ministerio era un obrero pobre y consta en los Evangelios que no recibió otra cultura en humanos escuelas”.

Palestina en esta época tenía una población en que se mezclaban distintos grupos étnicos. A juicio de algunos historiadores, según lo revista inglesa Observer, ello impide atribuir a Cristo las características físicas de un pueblo determinado, porque pudo tener tanto rasgos negroides como de un nórdico europeo.

Un arzobispo de Toledo, muerto en 1940, Isidro Gomá y Tomás, escribe en un libro suyo sobre la vida de Jesús, “que hubo un tiempo  entre los Primeros Padres de la Iglesia que prevaleció el criterio de su fealdad. Tertuliano, genio hosco y ardiente, dice de Él: “No solo careció de celestial claridad, sino de humano decoro”. “El hereje Celso hacía de ello argumento contra la divinidad de JC. Debióse esta opinión a un extravío del pasaje de Isaías, que dice: “No es de aspecto bello y esplendoroso… Nada hay que atraiga a nuestros ojos”.

De estas palabras, que sobre el Mesías doliente escribió Isaías, tomó el mismo Tertuliano para decir: “Si hubiese sido bello, nadie se habría atrevido o tocarle la yema de un dedo. Si se le escupe el rostro, es que lo merece por su fealdad”.

Clemente de Alejandría fue otro de los que planteó la fealdad de Jesús: “Él vivía en una época de “hombres pretenciosos y barbilindos”, y por eso “Cristo quiso ser feo”, para mostrar humildad.

San Justino Martir, teólogo del siglo II, aseguró que Jesús era deforme; San Efrem, sirio, le atribuye poco más de un metro 35 centímetros; el pagano Celso dijo: “Era feo y desgarbado”. La Carta Sinodal de los Obispos de Oriente, del año 839, dice que Cristo medía  tres pies de alto…, medido anti gua equivalente a 28 centímetros, lo que daría a Cristo una altura de 84 centímetros, lo que naturalmente supone un error.

Pero hay otro testimonio en este sentido, cuyo contenido es ambiguo. Según el Prof. Giuseppe Riccioti, experto en la vida histórica de Cristo, cuando Zaqueo llegó a Jericó trataba de ver a Jesús para saber quién era “y no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura”. Ricciotti no sabe si Cristo  o Zaqueo, el relator del hecho, era el “pequeño de estatura”.

NO EXPRESABLE 

“En la figura de Cristo -dice el teólogo Karl Adam en su obra sobre la vida de Jesús- debió haber algo radiante que atraía irresistiblemente a toda persona de sentimientos delicados, especialmente a los niños y mujeres. La exclamación admirativa que un día brotó en forma espontánea de los labios de una mujer del pueblo es muy significativa: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron”. La respuesta de Jesús: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la siguen”, ¿no da a entender quizás que esa mujer se refería en parte a sus gracias corporales?

San Agustín sólo comprueba la variedad infinita de representaciones de Cristo y sugiere que “tal vez la idea que de Él nos formamos está muy lejos de la realidad”.

Agrega el arzobispo Gomá:

“En el siglo VI, el peregrino de Piacenza, que hacia el año 570 hizo el viaje de Tierra Santa, nos dice que vio en Jerusalén la piedra sobre la cual se hallaba Jesús cuando fue interrogado por Pilatos. En esa piedra las huellas de sus pies, hermosos, pequeños, finos, estaban en armonía con su imagen que, viviendo Él todavía, se mandó pintar en el Pretorio; estatura regular, su rostro largo y ovalado, ojos admirables, cejas juntos y pobladas.

“Hacia el año 800, el monje Epifanio de Constantinopla sabe ya que Jesús tenía seis pies de alto, cabellera rubia y ondulada, cejas negras, rostro alargado en forma de óvalo, como su Madre, a la cual se parecía maravillosamente”.

El sacerdote francés Carlos José Dégenhardt, en su libro Jesucristo y su obra. Estudio filosófico e histórico, escrito en 1914, resume así el enigma y vuelve al problema a su punto de partida:

“La Divina Providencia no ha querido que nos llegara una efigie auténtica del rostro y de la figura exterior del Salvador. Miles de miles de ensayos… ¡Pero en vano! Como el rayo de sol que reúne todos los colores, por su extremado blancura y pureza es inadecuada a nuestra vista, así la suma perfección, la virtud por esencia, es tan elevada sobre nuestra capacidad que la fantasía no la abarca, ni la lengua es capaz de circunscribirla con expresiones humanas”.

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